domingo, 22 de noviembre de 2009

CAPÍTULO 1: SALTAR AL VACIO

Su nombre era Mariana. Mariana Esposito. Aunque en realidad no sabía si éste era verdaderamente su nombre. No tenía ningún tipo de recuerdo antes de los cinco años de edad. Nada. Absolutamente nada. No era que la gente recordase vívidamente esa época, pero siempre algún recuerdo se guarda. Cosas que te marcan. O los lugares donde viviste. Absolutamente nada. Solamente tenía ese raro colgante de oro con un hexágono que tenía una especie de bulbos en los vértices y que tenía unas letras muy raras grabadas en el dorso. Pensó que sería una excentricidad de sus viejos. Pero… ¿Si la iban a abandonar para qué dejar ese colgante de oro con una cadenita en su cuello?. Preguntas sin resolver. Si algo había aprendido Mariana en su vida era a no hacerse preguntas. Sus padres era Carlos y María Jose Esposito. Eran los que le habían dado un hogar. Un nombre y un apellido. Una familia. Una vida. Mariana miró la fotografía que tenía encima de su escritorio. Salía con ellos dos hacía tres años. En ese verano que habían pasado visitando a su familia en España. Antes de que todo ocurriese. Carlos Esposito era historiador experto en historia antigua. Cuando Mariana era niña le encantaba que le contase “cuentos”. Episodios históricos de gallardos caballeros y damiselas en apuros. Sus historias favoritas eran las de la mitología eudamónica. Carlos Esposito, entre otros temas era experto en “Eudamón” o “La isla de la felicidad” como también la llamaban. Mariana adoraba los cuentos que su papá se inventaba sobre Eudamón. Y su mamá, María José, era psicóloga. Ella había sido muy importante durante la adolescencia de Mariana. O Lali, como la llamaban cariñosamente. Había sabido contenerla, entenderla pero a la vez darle la libertad que necesitaba. Mariana estaba en la universidad. Vivía en La Plata cuando una mañana la llamaron y le dijeron que había habido un incendio en su casa. Que sus padres habían fallecido. Y su infierno personal había empezado. Primero con lo extraño del incendio. Los científicos que no encontraban explicación alguna a lo que había pasado. Nadie había visto a nadie. No había culpables y los científicos habían dado carpetazo al caso. Se había cerrado sin una respuesta. Mariana ya no sabía qué hacer para que reabriesen el caso. Pero no había nada que hacer mientras que no hubiese nuevas pruebas. Mariana había dejado su carrera, estaba estudiando Literatura e iba a hacer su tesis sobre “Crónicas de Eudamón” de Valeria Tisera que estaba considerado una de las trilogías más importantes de la literatura fantástica latinoamericana. Dos años después trabajaba como secretaria de un abogado que era un tirano. La sobreexplotaba y no le pagaba casi nada. Apenas tenía plata para sus gastos sin permitirse demasiados lujos. Y había decidido retomar su tesis. Pero tenía tan poco tiempo libre que apenas podía escribir nada que no fuese en los fines de semana.

Había tenido un día particularmente duro en la oficina. El último cliente hacía cinco minutos que se había ido. Apagó la computadora sintiéndose feliz. Hasta el Lunes no tendría que volver a prenderla. Agarró su bolso con sus cosas dentro y salió después de decirle a su jefe que se iba. Una vez dentro de su auto, con las manos en el volante suspiró. Estaba harta. Harta de todo. Harta de su vida. Harta de su frustración. Siempre que se sentía así manejaba hasta las afueras de Arrecifes, donde vivía. Había un pequeño remanso y unas cuantas rocas. Le gustaba sentarse allí y escuchar el sonido del agua correr. Cerrar los ojos y dejar la mente en blanco. Se sentó sobre una gran piedra de color gris, redondeada y cerró los ojos sentada en la posición del loto. Pero no conseguía relajarse. Aunque siempre le quedaba un recurso si no conseguía hacerlo. Saltar. Saltar desde la roca hasta el pozo que había justo por debajo. Se sacó los jeans, las chatitas y la blusa que había llevado a su trabajo ese día. Así como la ropa interior. Desnuda y después de liberar su largo cabello negro se subió en la roca. Era casi de noche y seguramente no había nadie en quilómetros. Se puso en el borde sintiendo la lisa textura de la piedra bajo sus pies. Se puso de puntillas, levantando los brazos hacia arriba. Un saltito y después se dejó caer. De cabeza, como siempre. Se zambulló perfectamente, de cabeza con los brazos por delante. Llegó a una profundidad adecuada y regresó de nuevo a la superficie. Notó algo bastante extraño. Miró a un lado y a otro, confundida. Estaba en un bosque. Pero no podía ser. Por allí no había bosque. Algún árbol solitario, pero nada más. Nadó rápidamente hacia la orilla. Al menos su mochila seguí allí. Siempre la llevaba en el auto con una toalla y ropa seca. Se secó y se puso sus jeans, una remera y un buzo. Nunca había visto árboles así. Los troncos eran muy gruesos. Tanto que creía que con sus brazos no podría abarcarlos. Eran altos y tan frondosos que no era capaz de ver el cielo. Un ruido a su derecha la despertó de su embobamiento. Se giró hacia donde procedía el ruido justo para ver salir algo de entre los árboles. “Pero qué demonios!...” fue lo único que se le ocurrió decir cuando aquellas tres enormes criaturas se acercaron a ella. Eran al menos medio cuerpo más altos que ella. Vestidos con algo parecido a taparrabos. Tenían la piel blanco grisáceo y apergaminada. Llevaban relucientes espadas de metal plateado y escudos.

- Ahí estas- dijo uno de ellos con voz bravucona.

Mariana empezó a retroceder, perpleja ante aquellas criaturas. A la vez que retrocedía su miedo iba incrementándose más y más.

- ¡No te muevas niña!- dijo otro de ellos, el más alto que tenía una especie de coleta en su cabeza calva.

En cualquier otra circunstancia, Mariana se hubiera sentido horriblemente ofendida por que la llamasen niña. Tenía veintidós años. Podía conducir, votar, beber y casarse. Pero en virtud del aspecto de aquellas cosas decidió quedarse callada. Y correr. Sobre todo correr. Se giró y comenzó a correr sorteando árboles, raíces y pedruscos. Pero aquellas cosas eran demasiado veloces y pronto pudo oír sus gruñidos tras ella.

- Casi los tengo encima- se dijo.

Gritó en el instante en que uno de ellos la alcanzó, la agarró por el brazo y la lanzó fuertemente hacia el piso. Mariana sintió que se quedó sin aliento.

- ¡He dicho que no te muevas niña!- rugió.

Puso su pie sobre el pecho de ella. La presión no la dejaba respirar. Intentó zafar pero se quedó inmóvil cuando su negra e inhumanamente cruel mirada se clavó en la de ella. Se estaba empezando a asustar de verdad.

- ¿Qué quieren de mi?- preguntó, aunque fue más bien un susurro.

Apartó el pie de su pecho pero se acercó a ella y la agarró por el cuello, haciendo que su respiración se fuese de nuevo de su cuerpo. La levantó del piso y la acercó a su cara. Era mucho más feo de lo que había imaginado y su fétido aliento le hubiese hecho voltear la cara de asco, de haber podido. Tenía una especie de grapas en la cara, metálicas y brillantes. Como si fuesen puntos de sutura. Visto de cerca aquella cosa daba todavía más miedo.

- Si te oigo hablar, te corto la lengua.

Sus dos compañeros no tenían mejor pinta. Si no hubiese sido por el lacerante dolor de cabeza, hubiese creído que era un sueño o una pesadilla, como mejor se mirase. Mientras tanto, aquellas cosas con grapas en la cara le habían atado las manos y la empujaron para que caminase delante de ellos. Los otros dos les seguían. Mariana no supo cuando caminaron. Ni siquiera era capaz de ver el cielo a través de las copas de los árboles. Si no hubiese sido por los gruñidos que soltaban cada vez que se tropezaba, y el ruido que hacían al caminar, hubiese creído que estaba sola. Siguieron caminando durante un buen rato, pero llegó el momento en que ya no podía más. Las piernas no le respondían y el dolor de cabeza iba en aumento.

- No puedo más- gimoteó.

Una enorme manaza la agarró de la ropa y la levantó unos centímetros del piso.

- ¡Camina!

- No creo que pueda.

Del guantazo que le dio, se cayó al piso. Entonces si que le dolía la cabeza. Unas lagrimillas amenazaron con comenzar a salir. Se dijo que no podía llorar, pero era demasiado tarde para retenerlas. Y empezó a sollozar. Aquella cosa con grapas se inclinó sobre ella dispuesta a golpearla de nuevo.

- ¡Estate quieto!- le dijo otro bicho con grapas- El amo la quiere viva.

- ¡No me digás lo que tengo que hacer! ¡Yo estoy al mando!

- ¿Y se puede saber quién te ha puesto al mando?- dijo el tercero.

- Soy el más fuerte de los tres.

Los otros dos intercambiaron una mirada, y sin avisar, se lanzaron sobre el otro con sus espadas en alto. A medida que la pelea se iba haciendo más violenta, iban alejándose de donde Mariana se encontraba. Al final, ya ni siquiera les veía, tan solo oía sus gruñidos y el choque de sus espadas. Una voz dentro de su cabeza le dijo que se espabilase. Se levantó como pudo y empezó a correr en sentido contrario a los gruñidos. Después de unos minutos de carrera y unas cuantas caídas en el piso, pisó en falso y se cayó golpeándose de nuevo la cabeza. Se quedó inconsciente.

1 comentario:

  1. me quede asi :|
    jajaaj
    ME ENCANTAA
    totalmente distinto a lo que he leido tuyo ra
    te felicitooo
    un beso grande

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