martes, 15 de diciembre de 2009

CAPÍTULO 3: BRUJA

Caminaron en silencio durante horas. La cabeza de Mariana no era capaz de parar de divagar sobre los últimos acontecimientos. No era posible que estuviera en Eudamón. Y lo que era peor, cómo iba a saber que estaba en Eudamón y no en cualquier bosque por ahí siguiendo un loco psicópata que quería hacer sushi con ella. O sin querer, quizás se había visto involucrada en algún tonto juego de rol. De repente se chocó contra algo. Contra el imponente cuerpo de Peter. Rápidamente desenvainó su espada y se puso en posición de ataque. Sintió que se estaba perdiendo algo. Entonces un gruñido la sacó de su atontamiento. Los tres orcos de la noche anterior estaban allí. Porque ahora sabía que los bichos con grapas en la cara en realidad eran orcos. Los orcos eran criaturas antropomorfas, con una higiene deficiente, escasa inteligencia y carácter más que hosco, cuya imagen estaba profundamente arraigada en la cultura popular. No solamente se les conocía con el nombre de orcos, sino también en algunos lugares recibían el nombre de ogros. Aunque sin duda, los orcos estrella eran los que Tolkien había descrito en “El hobbit” y “El señor de los anillos”. Mariana pensó que incluso a la luz del día daban más miedo. Sin previo aviso los orcos comenzaron a correr hacia ellos, mientras que Peter corrió a su encuentro blandiendo su espada. El primer orco cayó en el primer minuto de lucha con ellos. Para Peter no parecía demasiado difícil acabar con ellos, porque en menos de cinco minutos estaban los tres en el piso. Los orcos tenían fuerza bruta, Peter inteligencia y agilidad. Se agachó a examinar los cuerpos mientras que lo único de lo que ella era capaz de hacer, era parpadear.  No tenía ni idea de lo que acababa de pasar. Cuando sus sentidos le convencieron de que no había enemigos cerca, se giró hacia Mariana.
- Sigamos- dijo. Mariana aun se encontraba en shock, todo había sido tan rápido que se quedó mirándolo con la boca abierta- ¡Ehhh! ¡Yaneth! ¿Te encuentras bien?
- Decime otra vez donde estoy- consiguió decir. El príncipe la miró como si le estuviese tomando el pelo y le indicó que siguiera el camino.
Continuaron caminando el resto del día sin parar un segundo por aquel interminable bosque hasta que los soles estaban tan bajos que no entraba apenas luz por entre las ramas. Lo agradeció profundamente porque entonces no tuvieron más remedio que parar. Después de media hora de buscar un lugar seguro donde pasar la noche, Peter encontró un hueco de su agrado y empezó a preparar un fuego. Mariana se acomodó lo mejor que pudo entre unas raíces y se limitó a observarle. Una vez que estuvo satisfecho con el fuego, fue hacia su bolsa. Sacó algo de ella y lo partió. Era pan y estaba duro, pero lo comí como si hiciese siglos que no comía. No sabía como el pan al que estaba acostumbrada. Este era mucho más consistente y con un ligero sabor dulce. Cuando levantó la vista, Mariana, vio que Peter estaba abriendo su mochila.
- ¡Qué hacés!- gritó enojada- ¡No toqués mis cosas!
Mariana se abalanzó sobre él para sacarle la mochila de sus manos, pero él fue mucho más rápido y agarrándola del brazo la obligó a volverse a sentar.
- Solo quiero verificar que no llevás ningún arma- y dicho eso comenzó a sacar objetos de la mochila.
Mariana se limitó a ver cómo inspeccionaba su bolsa (y la desordenaba, dicho sea de paso). Después de unos minutos encontró el celular de Mariana. Era uno de esos que tenían una luz que parpadeaba. Lo agarró con cuidado y lo miró con sospecha. Después miró a Mariana.
- ¿Qué es esto?- preguntó.
- Un teléfono- dijo Mariana casi a punto de reír al ver su expresión. Peter puso cara de pocos amigos- No es un arma. Se utiliza para hablar con otras personas.
- ¡Sabía que sos una bruja!- dijo Peter.
- ¿Una bruja?, ¿Y por qué crees eso?
- Te vi aparecer de la nada a orillas del lago.
- ¿Me viste aparecer? ¡Entonces también viste cómo me atacaron esas cosas con grapas en la cara!. ¿Por qué no hiciste nada?- Mariana pensó que quizás el gallardo y simpático príncipe Peter desde luego no era tan simpático, pero a lo mejor tampoco era tan gallardo y valiente como Valeria nos había hecho creer.
- Por que sos una bruja- dijo como si eso lo explicase todo- Y los orcos estaban allá esperando a que vos aparecieses.
- Vamos a ver- dijo Mariana como si estuviese explicando algo inmensamente sencillo- ¿En serio crees que si fuera una bruja podrías tenerme prisionera atándome las manos.
Mariana levantó sus muñecas unidas por la soga que Peter le había puesto. Peter le miró fijamente como midiendo si la joven representaba o no una amenaza. Y en menos de un suspiro se abalanzó sobre ella. Sacó una especie de machete vete tú a saber de donde y lo colocó en su garganta. Con su mano libre la agarró por el cuello. Y su cara estaba a escasos centímetros de ella. Sus ojos estaban fijos en los de ella.
- Me estás diciendo que debería matarte…- siseó Peter.
- Esperaba que creyeses que no soy una bruja- dijo ella con voz entrecortada.
- Si intentás algo, te mataré- dijo y con eso se apartó de ella, sentándose del otro lado de la fogata- Ahora, dormite.
“Como si pudiera con el susto que recién me dio”. Mariana se dejó caer de lado, de espaldas al fuego y se tapó. Se llevó su mano a la garganta. Todavía podía sentir el frío de la hoja de metal en su piel. Y sin quererlo unas tímidas lágrimas empezaron a deslizarse por sus mejillas. No supo cuanto tardó en dormirse, pero no dejó de llorar hasta entonces. Peter, sentado del otro lado del fuego la examinó. Sabía que no tenía aspecto de bruja, ni siquiera aspecto de ser peligrosa. Pero hacía mucho tiempo que había aprendido a no fiarse de las apariencias. Peter había nacido en una época de opresión. Había estudiado en la academia de Nurgon. Y había asistido a toda la guerra en contra del séptimo dios cuando era apenas un adolescente. Parte de la isla de Eudamón había quedado asolada cuando los dioses habían campado por ella. Pero de eso hacía diez años. Y aunque sus cicatrices habían sanado, las heridas que tenía en el alma, aún no. En esos diez años en Eudamón se había vivido en paz. Aunque últimamente se volvían a ver orcos por el bosque. Ella casi le había conseguido engañar. La había visto aparecer de la nada mientras que perseguía a esos orcos. Creía que eran un pequeño grupo de rastreadores, por eso se sorprendió tanto de que se detuvieran cerca del lago. Decidió esperar para ver lo que tramaban, y entonces apareció ella. ¿Era realmente una bruja?, ¿También esperaba encontrarse con esos orcos?, ¿Entonces, por qué se separó de ellos?. Peter suspiró, su padre sabría qé hacer. En esos momentos se alegraba profundamente de no ser Rey. Decidió deshacerse de esos pensamientos y centrarse en verificar el estado de su espada. Una vez lo hizo, debía ser más de media noche. Volvió a mirarla, parecía que se había dormido, pero de todas formas se pasó despierto el resto de la noche.

La mañana siguiente llegó demasiado pronto para el gusto de Mariana. Se despertó con los primeros rayos de sol y no pudo volver a dormirse. Le dolía la espalda de dormir en el piso y fue incapaz de volver a encontrar una posición cómoda. Oyó ruido detrás suyo. El príncipe ya estaba en pie recogiendo sus cosas. No le quedaba otro remedio y con un suspiro se incorporó. Cuando Peter se percató de que había despertado, le tendió otro trozo de pan y continuó recogiendo. Miró a su alrededor mientras que mordisqueaba el pan. Su mirada se detuvo en su mochila y le vino una idea a la mente. Si le pedía la mochila podía ser que se la dejase, pero por otra parte su espada podía terminar en su garganta, idea que no le seducía en absoluto. Dudó un segundo pero al final se animó a pedirle su mochila, lo más amablemente posible.
- Ehhh… ¿Existe alguna posibilidad de agarrar mi mochila sin que tu espada acabe sobre mi garganta?- dijo Mariana.
- Para qué la querés- dijo Peter sorprendido.
- Me gustaría asearme un poco… ya sabés cosas de chicas- dijo Mariana con voz inocente.
- No intentés nada- dijo Peter después de estudiarla unos momentos y darle la mochila.
Mariana abrió rápidamente la mochila y comenzó a revolver el contenido. Buscaba su celular, pero el condenado no aparecía por ningún sitio. Entonces cayó en la cuenta de que debía tenerlo Peter. Mariana se quedó unos segundos quieta. Debía comportarse o sospecharía vete tú a saber qué pavadas. Así que sacó el cepillo, una goma de pelo y comenzó a peinarse. Al poco rato se pusieron en camino. De a poco los árboles comenzaban a espaciarse y el resplador de los soles era cada vez mayor. Cuando Mariana los vio por primera vez se quedó muda de asombro. Lo esperaba, por supuesto, Carlos le había hablado de los tres soles y las tres lunas de Eudamón. Pero verlos era otro cuento. Allí estaban Aldún, dios del fuego, Yohavir, dios del aire, y Karevan, dios de las montañas. Decían que en cada sol y en cada Luna vivía el dios al que estaba santificado. Al final del día llegaron a los límites del bosque de Awa. Eso puso de muy buen humor a Mariana, que estaba un poco harta de tanto bosque y tanto verde.

2 comentarios:

  1. holaa..
    yo leo tu nove por medio del flog

    depues lei q pusite tu blog..
    haciq lei tus primeras nove

    la verdad muy buenas...:)
    sos excelente en lo q haces..
    y ahora leo estaa y me encanta!

    pd:te queria pedir si poder recomendarme alguna novela de los blog...soy nuevaa

    Besos♥

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  2. estaaa buenisisisismaaaa!, segui subiendo

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