sábado, 19 de diciembre de 2009

CAPÍTULO 4: BARBIE FIESTA MEDIEVAL

Aquella mañana Peter se despertó casi de buen humor, aunque no dejó que Mariana lo notase. Esa noche dormiría en su cama. Tenía tantas ganas de llegar a su casa y verlos a todos. Caminaron sin descanso durante prácticamente todo el día. Pasaba de media tarde y los soles empezaban a declinar cuando Mariana los vio por primera vez. Eran dos enormes estatuas esculpidas en la piedra de la Cordillera de Nandelt. Mariana había visto grabados y dibujos que algunos artistas habían hecho inspirándose en la obra de Valeria Gutierrez, pero no era nada comparado a verlos de verdad. Incluso desde lejos eran magníficos. Simbolizaban los grandes Reyes del pasado. Los fundadores de Eudamón, el reino que de paso daba nombre a todo el continente. Peter siempre sentía respeto hacia ellos cuando se acercaba a las montañas. Eran sus antepasados. Pronto vieron a dos caballos con dos jinetes acercarse a ellos rápidamente. Mariana se imaginó que serían los guardas de Eudamón. Cuando llegaron a su altura, se bajaron de los caballos y saludaron a Peter efusivamente. La tarea de guardar el reino era desempeñada por el ejército del reino, ejército, del cual Peter era el capitán. Por lo que Mariana sabía, debían estar hablando en Eudamonico porque no entendía nada de lo que decían. Después, Peter la tomó de la cintura y la subió sobre uno de los caballos sin esfuerzo ninguno, como si pesase igual que una pluma. Después él se subió en la silla de montar de un salto, con el cuerpo de Mariana entre sus brazos. Ella sintió que un nudo se le formaba en la garganta. Pero cómo podía sentirse así por el hombre que la había llevado atada casi cuatro días. Que la había amenazado de muerte. Que creía que era una bruja, cuando lo más cerca que había estado era leyendo Harry Potter. Peter espoleó el caballo y este comenzó a galopar rápidamente hacia la entrada al reino de Eudamón. Mariana vio una hermosa extensión de tierra, vasta y llena de vida. Estaba entre las montañas, en el valle que el río Iveron hacía en la cordillera. Estaba lleno de campos, vegetación y bosque allá por donde mirases. En la cabecera del valle se podía distinguir el castillo. No pude evitar maravillarme  ante tal mole de piedra. Había una muralla recubriendo todo el perímetro de la edificación, con almenas y guardas apostados en las torres de vigia. A medida que nos íbamos acercando pude distinguir los detalles.  Había una puerta de rastrillo cuyos entrecruzados barrotes encajan perfectamente en la estructura; justo delante, un puente levadizo culmina las defensas de la entrada. Seguramente nos han visto llegar porque cuando llegamos al puente, la puerta ya está levantada. Al cruzarla accedemos al patio de armas. Tengo más que nunca la sensación de estar dentro de una de esas novelas de príncipes gallardos y damiselas en apuros. Y en el centro estaba la torre del homenaje, donde vivía la familia real. Era el castillo propiamente dicho. Era una edificación de piedra realmente formidable. Llegamos a lo que debían ser las caballerizas. Un hombre vestido con ropas humildes agarró las riendas del caballo cuando Peter y yo nos bajamos. La puerta de entrada a la vivienda de la familia real estaba guardada por dos centinelas que al ver a Peter se pusieron tiesos. Mariana dedujo que debía ser una doncella por sus ropajes humildes y porque en presencia de Peter, mantenía la cabeza agachada. La doncella no debía tener más de quince años. La guió a Mariana por los interminables pasillos del castillo hasta que llegaron a una puerta de madera. La joven sacó una llave de su bolsillo y abrió la puerta. Le sacó las ataduras a Mariana y ella entró en el cuarto. Las paredes eran de piedra con una ventana que daba a un lindo patio interior con un jardín. En el centro había una cama de madera maciza, grande y por la que en la tierra pedirían muchísima plata. A cada lado de la cama una mesita de noche con sendas lámparas de aceite. En la esquina estaba la chimenea con unos cuantos libros encima de ella. Había un tocador con cosas de belleza realmente bonitas. Un maniquí con un vestido en tonos azulados. Un escritorio con una lámpara y un cuarto de baño. Justo en ese momento la doncella volvió a entrar portando un montón de ropa de color blanco. Le dijo que podía darse un baño, asearse, vestirse e ir a presentarse ante el rey. Mariana obvió la sensación que tenía de que todo aquello debía tener un truco. Se sacó toda la ropa haciendo un montón en una esquina del cuarto. Caminó desnuda hasta el cuarto de baño y se sumergió en la bañera antigua, llena de agua caliente con espuma. Durante unos minutos se dejó flotar en el agua caliente, sintiéndose bien. Después con jabón e infinita paciencia se fue sacando el barro de su cuerpo, del pelo e incluso de debajo de las uñas. Cuando el agua comenzó a enfriarse, decidió que era hora de presentar sus respetos al Rey Nicolás. Otro personaje que Valeria había descrito en sus crónicas de Eudamón y que creía totalmente ficticio. Se miró en el espejo del cuarto de baño. Tenía magulladuras y heridas. Sin embargo, en sus muñecas apenas tenía las rozaduras producidas por las cuerdas que le habían puesto los orcos. Y eso que Peter la había llevado atada más tiempo. Salió del cuarto de baño envuelta en una toalla. Para descubrir donde estaba en truco de aquello. La joven doncella le dijo que el vestido que Lali había creído un adorno en un principio, era el vestido que tendría que llevar ante el rey. Para hacer justicia al vestido, era muy bonito. Sencillo pero bonito. Era de una tela irisada en un tono azul violáceo, con escote cuadrado y manga larga hasta el codo y después caía una fina tela que parecía gasa.
- ¡No pienso ponerme ESO!- dijo Mariana señalando el vestido.
- ¿No es de tu agrado? Es un vestido bonito
- Prefiero mi ropa. ¿A dónde está?
- Esas ropas no son adecuadas para presentarse ante el Rey- dijo la doncella con tono suave.
- ¡No pienso ponerme eso! Me he pasado los últimos cuatro días perdida en el bosque con un príncipe engreído que encontraba divertido amenazarme de muerte ¡y ahora pretendéis convertirme en la Barbie fiesta medieval!
Pero la doncella le explicó a Mariana que su ropa se estaba lavando y que no tenía más remedio que ponerse el vestido a no ser que quisiera mostrarse desnuda ante el Rey. Así que Mariana aceptó que la doncella le ayudase a vestirse. Porque tampoco estaba muy puesta en lo que se refiere a vestimenta de esa época. Pero cuando Mariana se miró en el espejo de cuerpo entero, limpia y con ese vestido entallado que realzaba su figura, se vio guapa de verdad. La doncella con infinita paciencia le recogió el pelo y al fin, Lali estuvo lista para presentarse ante el Rey Nicolás.

No hay comentarios:

Publicar un comentario